Culpable

Suena el despertador y recuerdas que la corte espera, que hoy es día de juicio, igual que lo fue ayer y lo será mañana, innumerables vistas desde que comenzó este camino cruel. Cada día cambia el abogado, la sala, el jurado y los cargos, pero tú siempre eres el culpable. Culpable de tener que entrar en este juzgado cada día, de tener una víctima que casi nunca ocupa su silla junto al batallón de enormes tiburones a modo de abogados, siempre sin rostro, que habitan la mesa de la acusación. Pero, ¿Quién me acusa hoy, quién es mi pobre víctima de un delito siempre bienintencionado, quién es aquél que sufre a mi pesar?

Soy yo, víctima y verdugo, dualidad que me marca el quehacer diario, las ideas oscuras y el peso a una espalda que ya se quiebra nada más aparecer la aurora. Cómo iba a estar nadie sentado en la silla de la acusación, si ya está ocupando la silla del acusado, cómo iba a verle el rostro contraído a los abogados si es el mío el que vería reflejado en el cristal límpido de su mesa, cómo voy a ganar un proceso que cada día inicio yo… Eterna culpa que me hace bajar la cabeza ante todos, que me hace desaparecer a un mundo que ya nada espera de mí, al que aún quiero cuidar pero solo consigo hacerme responsable de las heridas que los verdaderos entes crueles causan por no haber sido capaz de evitarlas, o por estar siempre con una mente convaleciente que no alcanza a fortalecer el ánima de aquellos que adoro. Siempre culpable de todo, de la maldad del mundo que me empujó a mi retiro cobarde, del dolor que no acierto a borrar. Y cada juicio ya tiene un veredicto desde que entro en la opresiva estancia que me retiene día tras día, un veredicto que siento marcar cruel mi piel como pobre ganado en las horas que siguen a las tinieblas de cada jornada. Pertinaz castigo al que no puedes protestar, ya que tú mismo enciendes el hierro.

Quiera el cielo que… No, quiera yo amanecer sintiéndome fuerte y libre de todo cargo para poder ser quien soy, para no torturar mente y corazón en lo venidero de mis días. Quiera yo, y nada más que yo, abrir los ojos en cada puesta de Sol con el soplo de aire que ha de calmar las viejas cicatrices que cada yerra dejó, y quiera yo salir absuelta de los injustos juicios de las víctimas ficticias que mi seso imagina solo para torturarme y tenerme bajo llave. Quiera yo ser… LIBRE.

Silencio

Deliciosa sensación que embriaga los oídos, los hace ser conscientes de los sonidos del entorno natural, pues no hay pájaro que calle salvo en la noche y la tormenta, ni viento que deje de soplar porque hoy es un día para relajarse, o lluvia que no martillee los tejados porque has decidido que te envuelva la nada. Pero, ¿Por qué habrías de hacerlo de todos modos? No somos el todo, solo una de sus innumerables partes, y el silencio nos cuenta esa historia, borra el eterno y artificial ruido que los humanos nos obstinamos en convertir en la música ambiente que acompaña nuestro devenir diario, borra los susurros malintencionados de quien no ha de aportar nada a ningún mortal, y nos deja entrever y esclarecer cuáles son los ruidos que de verdad importan, aquellos que nos hacen emocionarnos con solo pensar en ellos. Pero para esto, hemos de escuchar el silencio.

¿Y si este mutismo no fuese elegido, y si fuese evidencia misma de aquello que tanto nos asusta, que tanto huimos con todo ese ruido artificial, que evitamos como la peste estando con quienes terminan por no querernos bien…, y si este silencio fuese la antesala de la soledad? Esa dañina bruja para quienes no la buscan y esa dulce compañía para quienes la unicidad les da el tan deseado hálito de vida. No habrá mayor estruendo en esta realidad que la mente en soledad de quien la huye, de quien no puede frenar a esta nada que lo hace todo suyo y la ve engullir unas vías que de manidas quedan bajo el nivel del suelo, unas vías bien conocidas que te llevan a estaciones no deseadas, siempre a oscuras, muchas con monstruos que no quieres volver a ver y otras solitarias donde acechan recuerdos que no quieren callar. Los pensamientos se vuelven trenes de alta velocidad, que no hay música, película o libro que los frene, solo avanza inexorable, arrollando cualquier atisbo de buena voluntad propia y en ocasiones ajena, echando chispas negras que no iluminan, sino todo lo contrario, engullen luz sanadora que te haría hacer frenar ese monstruo que ya nada más produce estruendo mental.

Pero ay de ese bendito comentario de apoyo, consuelo o incluso distracción, bendito Sol que disuelve al tren, que deja la vieja vía solitaria y con hambre de dolor, deliciosa presencia que convierte el empinado y negro pozo en duna dorada con olor a mar. Quédate a mi lado querida presencia destellante que me salvas del más terrible de los monstruos que hoy habitan mi sino, de aquél que nunca está pero nunca se marcha, lo envuelve todo en el silencio haciendo que truenen mis ideas, me frena sin jamás haber tenido contacto conmigo, perniciosa soledad que tanto asusta y duele aún perteneciendo a la nada. Quédate conmigo y prometo caminar a tu lado.

La ventana

Qué razón tienen los que denominan estas nuevas tecnologías “ventanas al mundo”, dejan entrar la luz, puedes tener las vistas que desees, más allá de las que la tradicional te ofrecería, puedes hablar con los vecinos virtuales del planeta entero, entran olores deliciosos de las magníficas recetas que puedes seguir, e incluso, si te concentras los suficiente (quizás con la pequeña ayudita del ventilador) puedes notar el soplo fresco de un aire renovado, algo distinto a lo que respirar cada jornada en tu encierro físico y mental. Y es que para nadie más indicado que para un ansioso con depresión, la pantalla se vuelve el todo. No es solo dónde mirar, sino que puedes ser mirado y si haces algo que sea merecedor de ello, ser admirado. La pantalla es compañía y aprendizaje, y hace que la mente viajera e inquieta pueda encontrar subterfugios para ayudarte a escapar de las paredes que ahora te limitan el movimiento. A veces sale una mano rescatadora a modo de formación de la ventana, que te tira hacia fuera de cualquier ambiente intoxicado que te envuelva hoy.

Pero es lícito no olvidar que en ocasiones estas mismas coloridas ventanas se vuelven la cárcel y los barrotes para otros. Son las víctimas de un trato virtual vejatorio de quienes no tienen valor, o de quienes también son víctimas a su vez en el mundo de carnes y huesos. Pero, ¿Cómo pueden atreverse a hacer de otros víctimas, si ellos mismos saben cómo el dolor del rechazo, los ataques físicos o a la estima y el abandono emocional duelen el alma? ¿No hay suficientes sufridores en los parajes de un mundo que luce luminoso y desolado por igual, como para que haya quienes desde un trono autocreado por la miseria humana, se crean dictadores y así verdugos de sus semejantes? ¿Y se habla de justicia poética…., entonces esto es ironía poética o solo maldad bruta y visceral? Es triste que esperanza y desesperanza hayan de ir tan estrechamente de la mano en un entorno que podría ser propicio para quienes buscan apoyo o consuelo sin máscaras, nada más que emociones puras, sin vicios impuestos por un entorno que no sabe cómo protegerse si no es haciéndose mantos con los jirones de sus víctimas.

Si se dejase que de forma natural brotase lo que la esencia humana es, no tendríamos que estar haciendo tan regularmente el funesto recuento de víctimas de diversa índole que engrosan estadísticas y noticiarios. El cuidado mutuo sería la bandera de una especie que quiere vivir entre semejantes pero no en comunidad, que habita un planeta que es de todos los que nos enorgullecemos de tener madre, pero olvidamos que somos un animal más.

Misma piel

Miro una vez más mis manos, las palmas con sus múltiples líneas que no hubieron de adivinar jamás mi historia, los dedos rechonchos que el tiempo y el abandono han hecho de mis otrora ramas cortas pero finas, unas uñas siempre sin acabar porque nadie las ve, y una piel que se arruga con las horas a la espera de una vida que no llega, solo sigue estirándose un presente que aja, envejece y encoje. Son los apéndices de quien no se quiere querer, de una mente que no cesa de correr para nunca llegar, que te ha sacado del reloj de los mortales para poderte tener ella prisionera para sí misma. Te tortura y se ríe, y tú la dejas, observándote esbozar una sonrisa idiotizada que baña el llanto, por no saber cómo contravenirla. Dicen que las manos cuentan tu historia, y yo me pregunto, ¿Qué han de contar las mías, si para ellas Chronos dejó de estrecharlas hace tiempo? ¿Y qué he de contarles yo a éstas y al resto de un cuerpo que aún no se mueve de su urna de cristal empolvado y madera pútrida?

¿Seguiré esperando a que mi seso me libere, si fue él inducido por quienes le contaron unos cuentos crueles, de impotencia, sufrimiento y desesperanza, quien cerró la tapa de la cripta dejando una mortaja aprisionada en vida? Así que no, no dejaré que me siga corrompiendo cuerpo y alma esta observación pasiva del devenir del eterno e indeciso segundero. Es como estar en una burbuja sempiterna, que avanza sin remedio, pero que me mantiene estéril de la vida misma. Hace para que no me toque lo doliente, pero no lo consigue, y en su hazaña absurda tampoco deja que lo bueno me bañe. Pero no tengo ni que salir de esta caja rancia de muertos, mi mente liberada puede escapar, y así mientras me observo desde fuera cómo dormito inconsciente y me agito por las incesantes pesadillas que parecen ser mi auténtica vigilia…, puede golpear el cristal opaco que me cubre para hacerme despertar. Pero no es tarea sencilla, lo etéreo de su naturaleza dificulta el llegar a mí. Debe insistir e insistir, y poco a poco va haciéndose sólida como para dejar al menos que algo de luz se filtre en mi cubículo. Ya abro los ojos, pero no sé dónde estoy, mucho tiempo despojada de la conciencia de mi vida han hecho que me cueste reaccionar. Voy llegando, me desentumezco y el músculo cobra vida, y así, en el momento de conciencia plena, soy capaz de hacer estallar el vidrio que de viejo es quebradizo, pero que desde dentro parecía hormigón pesado.

Vuelve así la vida a un alma medio perecida en una caja autoimpuesta por temor a que la tocasen, por pánico a fracasar mientras fracasaba, por indecisión ante los proyectos teñidos de retos insalvables, por la pesada carga de quienes han decidido que sus piedras mejor las llevaras tú, que ellos no tienen coraje suficiente. Y lo irónico es que nadie ha hecho falta para salvarme, solo la mente desprovista de inmundicias propias y ajenas, para que me hiciese sentir fuerte y romper de este modo el viejo cristal y las maderas comidas en que el minuto eterno me enclaustró.

La decisión

De nuevo amanece el inmenso azul a una jornada que lo hace cálido en su superficie, lleno de vívidos tonos verde azulados, veteado de blanca espuma que marca un ritmo vital oxigenando a quienes vivimos fuera y dentro de esta bañera generosa y aterradora. Sigue bullente de quienes siguen su existencia placentera en los primeros niveles de esta gran masa de agua, pero que se desperdigan a medida que la luz se engulle. Cuanto más bajamos más tenebroso el medio que nos espera, terriblemente frío, con presiones que te hacen los pulmones como guisantes, con gigantes que sólo las historias de marineros son capaces de describir su espeluznante esplendor, con un fondo yermo que solo acoge vida que se alimenta de otras almas. Y así pasamos de la más bella madre que nutre a todos los que nos hacemos saber en el planeta, al más horripilante de los medios donde solo viven los que a horcajadas intimidan y alimentan.

Yo quisiera ver en este manto profundo la vida misma y quienes ocupan los diferentes estratos mentales de una sociedad humana que está más provista de monstruos abisales que de algas y delfines. Si te dejas hundir un poco en la penumbra no has de dejarte confundir por la hipnotizante fluorescencia de las bestias, porque no te habrás dado cuenta de que te han arrancado media alma de un mordisco hasta que la sangre atraiga a más depredadores oportunistas. ¿Y si me planteo hoy abandonar el abismo que soporta al Hades para subir y poder por fin dejar que algo de luz me caliente y queme la tez? ¿Y si hoy decido que el medio del fondo de un océano que no me ha sabido hacer llegar a la costa no es sitio para mi recuperación? ¿Y si hoy quiero navegar a nado el Mar Muerto? Aunque parezca el final, es justo lo opuesto. Aquí no hay peligros de posibles depredadores caníbales que te acechan a ciegas, guiados por un olfato que detecta la debilidad y el pánico. Que te desgarran lo poco que va quedando de tu psique porque es lo único que los mantiene vivos en su miserable existencia. Lejos de todo esto el Muerto es generoso, no permite que te hundas, pero sí te hace propicio el avance a brazadas hacia la costa que alcances a divisar o la que elijas por fin en tu mapa mental.

Este mar te acuna y sostiene a flote, te devuelve la vida cuando estás cansado de nadar sin rumbo, hace que puedas recuperarte sin que inexorablemente llegues al espantoso fondo. El Muerto son las personas queridas o profesionales a quienes decides pedir ayuda en los momentos en que los abisales ya te huelen y es tu decisión firme de, aun sin llegar a la meta deseada, poder no ahogarte y seguir nadando tras algo del resuello que da la voluntad de mejorar. Y así, quizás algún día, después de un tiempo en la seguridad que da la costa, sea lo suficientemente valiente para zambullirme de nuevo el la inmensidad azul y disfrutar de la explosión vital que sostiene en superficie.

¿Seguir?

¿Cómo puedo seguir andando y desandando un camino que de tanto hacerlo ya es piedra viva?¿Cómo seguir sacando fuerzas para avanzar unos metros a rastras unos días y que venga la corriente de una crecida y te lleve al siguiente? ¿Cómo se hace un recorrido si ya la cabeza no me da para orientarme, si las indicaciones del camino parecen estar en lenguas muertas, si llevo tanto en esta senda que he olvidado cuál era el destino al que me encaminaba? Mis bastones de tanto usarlos se han ido resquebrajando, ya pierden la fe en mí y los he dejado descansando. Hoy no quiero llorar, me mantendré firme aunque aquí sentada, veré llegar las alimañas que solo saben alimentarse de lo que ellos creen carroña, porque no les da el valor para dar caza a presas que de verdad ofrezcan resistencia. Veré venir de nuevo la marea embarrada, pero hoy no voy a intentar asirme a nada, no voy a nadar, no voy a tragar aire o agua. Quizás dejándome ir pueda volver con la energía con la que me encontraba cuando comencé el viaje. Quizás la corriente me descubra mi verdadero camino, porque puede que tanto esfuerzo esté siendo en vano nada más porque no esté donde debo estar.

Aunque parezca vencida, nada más lejos de la realidad estoy, la ilusión y el deseo de dicha son los que me mueven hoy a no moverme. Quiero ver el final al que me lleva esta corriente que me ha estado borrando el avance de manera impune cada tanto. Es cierto que no sé nadar, pero me he estado ahogando igual hasta aquí, por qué no hacer que mi desespero me lleve a la que puede ser la ruta correcta. Y allá a lo lejos la oigo, como terremoto que fuese a dejar solo vacío de roca a su paso, imparable e imperturbable ante el miedo de nadie. Ya siento el frío y el olor acre del barro que porta y que me llenará el alma, tiemblo, pero tanto de pavor como de excitación, sé que hoy sí, que ya por fin voy a comenzar una andanza que me lleve a mi justo destino, simplemente porque lo he decidido. Está casi encima y pronto me engullirá, espero que para escupirme tan exhausta, como excitada. Seguro que sin aire en los pulmones, pero con oxígeno abundante allá donde me abandone. Se siente fría, me hunde, me golpean ella y los objetos que arrastra, así como a las otras pobres víctimas, que como yo siguen intentándolo sin fortuna. No puedo respirar, me angustio, estoy asustada, y voy tan rápido que pierdo la conciencia de suelo y cielo, pero sonrío para adentro, estoy esperanzada al fin. Puede que camino y final hayan sido un calvario, pero ya se calma la corriente, pierde fuerza y me va a dejar inconsciente a las puertas de…

Sí, es precioso, hay luz. Parece que no será difícil de recorrer ni tortuoso. Sigue estando escarpado y hay tantos valles como picos, pero me enfrento a él con esperanza y con el ansío del alma que necesita sentirse henchida al final del pesado camino. Fue una buena idea retirarme a tiempo, dejarme ahogar en la marea que tanto insistía en llevarme por delante. Aquí aún no se ven peligros evidentes, pero habré de hacer este nuevo camino, con bastones nuevos y firmes, para comprobar dónde vuelvo a terminar.

El espejo

Me cuesta tanto creer que esa figura grotesca y alicaída, con los hombros como curva que mira al suelo, la tez siempre tan macilenta y los marcos verde azulados que me rodean los ojos, sea la misma mujer que un día fue niña, no alegre pero esperanzada, nunca deportista pero activa, siempre creativa y con pinceladas de optimismo cuando decidía seguir un patrón de pensamiento auto impuesto. No puede ser esa promesa que todos creían que sería, no puedo ser yo, mi consciente e interior lucen tan diferente… Siento bullir, en ocasiones de alegría, otras de rabia, y demasiadas de ansia. Me mira una mujer en el espejo que cuenta una historia triste, que han embalado los demás que no han sabido ver el contenido, solo un continente que llegó a pasar por la vida como en cinta transportadora camino al fatal final. Me mira seria, aunque le cae una lágrima siempre de un ojo primero, y hace como que sonríe pero no con el rostro, sino con un alma que está arrinconada por miedo a que vuelvan quienes la apalean si la descubren.

Cómo puedo ser yo, cómo han pasado tantos años desde que era una jovencita y parecerme que fue el fin de semana pasado cuando fui al cine antes de irme a estudiar. Cómo puede ser, si yo soy una niña con ilusión y piel tersa, no esa señora con semblante triste y faz que refleja un corazón curtido en batallas de interior. No quiero ser ella, quiero volver a verme “yo” en el espejo. Quiero ser capaz de encontrar una sonrisa al otro lado, aunque sea a la inversa, pero no invertida. Pero tiendo a olvidar que no es solo el espejo de la carne el que estoy mirando, sino el del alma. Y esta imagen no es solo el fruto del transcurrir de los años, sino de los segundos interminablemente tristes vividos. No me mira una señora de mediana edad, me mira una anciana cansada de todo y que en un punto decidió que todo daba igual, pero la juventud de la carcasa, y su ineludible ilusión, han dado un ser que de lastimero resulta desagradable. Casi quisiera cruzar el espejo y cogerle la mano para reconfortarla, darle un beso en la mejilla y un abrazo de apoyo. Pero no puedo, a ella no puedo. Solo puedo quererme yo, que no es otra que quien miran desde el otro lado. Ella es mi verdadero apoyo, ella es quien me está haciendo ver una realidad a la que he querido ser ciega por mucho. Ella es el reflejo de lo que ha ocurrido, pero también de lo que ocurrirá si no le pongo remedio ahora.

Hoy va a cruzar mi imagen el espejo y vendrá en mi encuentro para abrirme los ojos, para mostrarme los errores acontecidos que no han de convertirse en una arruga más de este rostro que aún es joven y conserva unas pocas sonrisas. Ella será el recuerdo constante de que he de quererme para poder hacer bien las cosas, que mi corazón late porque lo llena la sangre cargada de amor de quienes me lo dan y del mío propio. Que no he de dejar que vuelva a entristecerme la señora del espejo, sino que la mire cada Sol con anhelante alegría para ver cuántas marcas han desaparecido hoy.

Prisma

Me quedo tumbada sobre suelo rígido y cielo abierto, con el silencio como nube callada que lo envuelve todo, pensando en la nada, y llevándome la mente en escalera de cristal a una realidad que no reconoce mis jornadas tristes. Desde aquí abajo puedo estar allí arriba, donde quiera que me apetezca residir, y desde allí arriba puedo verme en el lugar que me llame más. Quizás a mi alrededor hay muros sólidos que me mantienen retenida como vulgares e infranqueables carceleros, que me recuerdan una situación que se me antoja difícil de vivir, que me mantienen el seso entre rejas la mayoría de las veces, pero arriba…, oh arriba. El cielo me permite liberarme, pues es el mismo dondequiera que mire, no hay emplazamiento del mundo que no despierte a un Sol que baña todo, sostenido en el mural más hermoso.

En los días más apesadumbrados, cuando los hombros me tiran más y más hacia un plano que me deja retenida donde estoy, solo necesito levantar un poco esta cabeza que me zumba, y así transportarme donde las horas se hagan más dulces, más eficientes y más divertidas. Puedo cruzar océanos con un simple movimiento de cuello y estar bañada por aguas turquesa donde cielo y suelo se entremezclan para no dejarte distinguir y que no desees escaparte. Así mismo puedo volverme ciudadana de la urbe más solicitada, o de la pedanía más entrañable y deliciosamente solitaria. Mientras mire a las nubes puedo ser quien quiera ser y puedo estar donde desee estar, no hay límites físicos, solo los mentales. Me puedo inventar las historias más disparatadas así como creer que estoy viviendo en los sueños más anhelados, aquellos que los muros de mi entorno me han hecho olvidar obligándome a mantener la cabeza gacha. ¿Será por esto que la pena que deja la ansiedad te hace fijar la vista al sur y no al norte, para que no recuerdes los sueños que tienes y así te deshagas de las cadenas que te apresan? ¿Será por esto por lo que quienes dejan caer nuestro motor del pecho nos hacen encoger los hombros y no poder ver ya los caminos de los deseos por cumplir que tan pequeños les recuerdan que son en su miedo?

Hoy deseo alzar, no solo esta psique que tanto me nubla, hoy también me dejaré flotar en el silencio que me envuelve para poder bajar en la estación de mis deseos más cercana. No harán falta permisos ni billetes, el cielo siempre estuvo esperándome en mi decisión certera, que nunca atiné a tomar. Pero ya no habrá muros que me cieguen, ahora tengo todos los sueños sostenidos en las nubes, bañados por un azul que me ha visto crecer el cuerpo, y me verá crecer el alma.

La Puerta

Son tantos los motivos que me producen ansiedad, son casi todos los motivos imaginables, porque se ha convertido en la rejilla a través de la que concibo el mundo. Es una realidad a pedazos, que mi mente recompone como el rompecabezas de un niño, pero cuyo resultado no puede ser el espejo de lo que creí ver. Me lo desordena todo, me crea monstruos con rostros que me asustan y que de grandes, su sombra me cubre entera y me quita el poco Sol que suele calentarme el interior. Mi cabeza me dice que son reales, y me cuenta historias con estos seres que me asustan y me hieren dejando, no ya heridas, sino cicatrices del tiempo transcurrido, cuando aún ni me han rozado. No los oigo pero tengo sus gruñidos clavados en el recuerdo, no los veo pero me persiguen cual presa y cazador, nunca nos hemos tocado pero sangro sin remedio. ¿Cómo paro esto? ¿Cómo le pido a mi ansiedad que no sea cruel, que me de tregua y me deje a mí ver la realidad que está mirando? ¿Por qué no me deja ir, deseo desasirme de su amarre y liberarme de las abrazaderas que me mantienen anclada a un colchón que solo ella ve?

Pero mi peor causa es “la puerta”, ese sonido y esa puerta desvencijada que te abre paso a mi presente, que me arroja a las torres de alta tensión que me dan calambres por todo el cuerpo, que me encalla el músculo y me hace desaparecer el seso. El peor monstruo que alimenta a mi carcelera y le da de comer y beber para hacerla fuerte y feliz, mientras a mí me desgracia. Un monstruo con muchas caras, pero ninguna amable, con sonrisa de tiburón hambriento que se nutre de mi miedo, percibiéndolo a kilómetros como sangre fresca. Nunca descansa, necesita seguir nadando en el dolor que produce pues de lo contrario se asfixiaría. Deja ver estela blanca con una mirada cruel y cobarde disfrazada de aleta desde lejos, pero es una cubierta que envuelve un alma negra y pequeñita que da mas pena que temor. ¿Cómo puedo yo quitarme mi rejilla para quitarte tu máscara de tiburón fiero, cuando no eres más que la esquiva y viscosa medusa, que poco más hace que picar un poco? Pero me voy haciendo inmune a tu veneno, poco a poco no hay engaños, y ya no veo aletas sino tentáculos, y me prevengo, porque me voy convirtiendo en sirena y no en pececito temeroso.

Llegará el día en que no tenga que oír esa puerta cual entrada al Hades, en que ya el nervio no me recorra cuando te vea venir haciendo como que aleteas de manera feroz,porque tú solo te puedes dejar flotar sin rumbo ni destino. Llegará el momento en que ni haya rejilla que condicione nada de mi visión, oído o piel, en que veré mi entorno como mañana clara y luminosa sin trampas que me hagan encogerme ni temer. Sé que seré libre de ataduras físicas y mentales y solo puedo llegar a conseguirlo si lo veo hoy en el retablo hermoso del mañana.

La Alternativa

Cuánto puede llegar a cansar el recorrer infinitamente un trecho que no lleva a nada, que simplemente te obliga a dar la vuelta al que consideras el medio camino porque ha resultado ser un callejón sin salida. Y lo andas hoy, lo anduviste ayer, antes de ayer, y el ayer de los anteriores ayer de hace muchos años, y lo recorrerás irremediablemente muchas y muchos mañanas mientras vayas mirando al suelo evitando las espinas de los muros, arrastrando los pies descalzos con llagas y sin mirar a los lados para ver si hay otra vía de salida. Mientras haces el camino, con distancias variables cada día, sin más herramientas que tu cuerpo cansado, no habrás de encontrar la paz. No verás las manos de quienes quieren darte agua, alimento, apoyo, o incluso indicarte el escape. No oirás a tu propio interior hablarte con el barullo que montan las ideas destructivas que tu mente te produce cual corona de abejas.

La alternativa es esa vía que transcurre en paralelo día a día, donde hay asfalto, color, luz, no hay muros de espinas y solo pide de ti que des el salto. Que levantes la cabeza y te fijes allá donde acaba la pared parda y comienza la esperanza azul. Que veas que no está tan distante del suelo y que puedes cruzar en el punto que quieras. La alternativa es esa vida que te ha estado esperando todo el camino, que te promete descanso del alma y la mente, que hará latir tu corazón de entusiasmo y no de miedo, y que se alimenta de algo que hace mucho no ves, la felicidad. Se trata de que te olvides de tu vigilante, de tu carcelero al final del camino, de quien ensucia y gasta tus pies, de quien te oprime la mente y te limita la vista…, tú. Tú que te empeñas en solo echar a andar cada día sin mapa y haciendo cada vez más profundo el surco en una tierra que se ha vuelto fangosa de tanta lágrima que ha enjugado al caer, tú que crees que caminas solo, cuando estás rodeado de quienes intentan vitorearte, tú que no levantas los ojos del suelo porque crees que no hay más colores que el albero de tus pies.

Así que yo, voz de tus días con Sol, de tus despertares guiados por una sonrisa de expectación, de anhelos y fuerza, te llamo desde esta alternativa límpida, reluciente y amable, donde estamos todos los que indudablemente te hemos querido siempre, para que decidas alzar ese continente capaz de dicha y pesar por igual que reside en tus hombros y que decidas buscar el sostén que te alce a este otro lado. Aquí, aunque habrá pesares como en cualquier existencia que se precie de ser vivida, al menos hay un suelo firme donde no te hundes, unas paredes que lejos de estar llenas de espinas que no te permiten resuello, hay unas manos que te esperan entregándote su corazón en forma de agua y alimento vital, su amor. Decídete pronto, alma mía, que el tiempo, aún a riesgo de parecer eterno en tu lado, es limitado para los mortales, y no quieres que haya más arena en el fondo que aquella que bañe tus pies en los días felices de playa.